Tenía un cielo azul y un jardín de adoquinesy una historia a quemar temblándome en la piel.
Era un bello jinete, sobre mi patinete,
burlando cada esquina como una golondrina.
Sin nada que olvidar porque ayer aprendí a volar
perdiendo el tiempo de cara al mar.
-Joan Manuel Serrat (Mi niñez)
Se acerca el día del niño en México y –sí, lo sé, acaso es un arrebato sentimental- me ha dado por recordar al niño que yo fui, aquel niño Román que todavía habita en mí inundándome de fantasías.
Yo fui un niño muy soñador y curioso (lo sigo siendo en muchos sentidos todavía), además de travieso -aunque debo admitir que las travesuras que hacen actualmente mis sobrinitos Lalito, Luisito y Juan han roto todos los récords familiares, incluidos los míos-. Todavía recuerdo cuando a la chica que me cuidaba de pequeño (mis papás en aquellos momentos trabajaban y me dejaban al cuidado de una muchacha que, debo confesarlo, junto con mi maestra de primer año de primaria, se convirtió en uno de mis primeros “amores platónicos”) me le escondí en el ropero de la casa (seguramente alguna cosa, una travesura también, me habría hecho) y no salí sino hasta que la oí llorar muy alterada, pensando en voz alta que qué iría a decirle a los maestros pues "Romancín" (ese mote con el cual me llamaban dentro de la tribu y que odiaría con toda mi alma al llegar a la pubertad) no aparecía por ningún lado.
De niño quería ser todo. Algunos días quería ser pirata, otro bombero o policía, en otro astronauta y hasta hubo una ocasión que me asaltó la idea de ser taxista (mi mente fantaseaba con la idea de estar todo el día recorriendo las calles del puerto, viviendo exultantes aventuras -ahora, después de haber convivido con muchos de ellos, me he dado cuenta que mi fantasía de niño no estaba tan lejos de la realidad, pues no he conocido ningún taxista que no tenga por lo menos una aventura inolvidable, casi todas sobre asuntos con faldas, que compartir-).
También me encantaba jugar beisbol y mientras la hacía de pitcher en alguna "cascarita" (juego, partido) de la cuadra, imaginaba que era ya mayor y jugaba en los Azules de Coatzacoalcos (mi papá siempre me llevaba a verlos jugar y era todo un ritual ese día, pues mi mamá hacía sandwiches y mi padre agua de jamaica que la llevaba en un termo para que se conservara fría y resistiera los embates de los cuarenta grados centígrados a la sombra que, por temporadas, azotaban al puerto) que era un equipo de la liga mexicana que tenía Coatzacoalcos en ese tiempo y cuyos juegos contra los Diablos Rojos del México eran célebres.
De igual manera, soñaba con ser biólogo o naturalista y viajar por el mundo estudiando a los animales. La naturaleza y especialmente los animales siempre me gustaron y podía estarme horas enteras tirado en el patio de mi casa observando a las hormigas con mi lupa (esa lupa y después el microscopio que tuve -y que aún conservo- se convirtieron en mis juguetes preferidos). Por cierto, esa afición mía no fue del todo inofensiva, pues cierta ocasión traté de transplantar un hormiguero entero a mi recámara y tuve cierto éxito: un día que mi padre se le ocurrió hacer limpieza general descubrió, atónito, toda una colonia de hormigas asentada en una maleta vieja…
Siempre fui, ya lo he dicho, fantasioso y soñador y muchas veces me creaba un mundo ficticio en el cual sólo yo habitaba e inventaba personajes. Por lo mismo, recuerdo que creía a pie juntillas en Santa Claus y los Reyes Magos y los defendía cuando algún primo malvado -más grande que yo, desde luego- me hacía el comentario que no existían, que todo era mentira de los papás. Por cierto, diciembre (y las fiestas navideñas) era el mes que más me gustaba de pequeño y al que yo esperaba con ansia desbordada. Para mí la navidad siempre tuvo en la infancia, un aire mágico y deslumbrante. Recuerdo que la noche del 24 no podía pegar los ojos y difícilmente conciliaba el sueño ante la expectativa de la venida de Santa Claus y también recuerdo cómo escribir aquella cartita que dejaba en el pino de navidad era una labor que me emocionaba en exceso y ponía mi corazón a mil. (El día siguiente era un día eufórico -¡me levantaba tempranísimo y corría al árbol!- en el que estrenaba los juguetes que me traía Santa y en algunas ocasiones recibía de él alguna cartita donde me decía que no me había podido traer todo lo que le había pedido porque había muchos niños más en el mundo que también necesitaban juguetes, o sino me reconvenía a que me portara mejor y fuera buen niño).
También de pequeño me gustaba mucho ver la televisión. Sobre todo las caricaturas. Siempre fui – ¡ay de mí, lo sigo siendo!- adicto a Walt Disney y le rogaba a mis papás y también pedía a Santa y los Reyes que me concedieran ese sueño mágico que siempre tuve: ir a Disneylandia y darle la mano a Mickey, Donald, Tribilín, Hugo, Paco, Luis y a Pluto. (Disneylandia tenía en la infancia una aureola de territorio formidable y mítico, una suerte de paraíso terrenal donde todos los sueños y deseos eran posibles y donde la magia y la belleza parecían existir cotidianamente –años después, sólo volvería a sentir una pasión y enamoramiento similar por una ciudad, cuando, por la literatura, conocí París-).
Igualmente veía por televisión, con fruición y embeleso, a la Abeja Maya, el Oso Jackie, José Miel, Remi, los Transformers, Mr Magoo, el Conde Pátula, la Pantera Rosa, Don Gato y su Pandilla, el Inspector Gadget, el festival infantil Juguemos a Cantar, Chiquilladas, los Duques de Hazzard y Gasparín (“el fantasma amistoso”).
Sin embargo hubo una caricatura que me marcó con fuego y que me fascinó: Candy.
La historia de esa pequeña rubia de ojos grandes que vivía en la casa Pony me cautivó enormemente. (Todavía mi memoria guarda las canciones del principio y fin de la serie: "Si me buscas tú a mí, me podrás encontrar..." y "En mi ventana veo brillar las estrellas muy cerca de mí..."). Realmente me enamoré inmediatamente de Candy y me decía, fantaseando, que yo era Anthony o Terry y que rescataría a Candy del Hogar de Pony y me casaría con ella y seríamos muy felices. Debo admitir que ese personaje quedó firmemente grabado en mi inconsciente, pues Candy representó, desde entonces, la chica de mis sueños: una niña-mujer fresca, inteligente, sensible, traviesa, noble, inquieta, alegre, tierna, generosa, romántica y soñadora (además de esos enormes ojos entre dulces y pícaros).
Musicalmente mi niñez estuvo marcada, sobre todo, por un grupo que me acompañaría hasta la adolescencia: La Banda Timbiriche. (Yo coleccionaba todos sus discos, crecía con ellos y me sabía de memoria todas sus rolas –cantaba, pues sabía que la vida era mejor cantando, hasta desgañitarme desde “El baile, baile del sapo”, pasando por aquella “Iremos juntos ramalamalama adigadadidió, todos unidos shuba shubaudua dibididu shibú”, hasta la de “Tus ojos fueron esa noche un destello de amor” o, la ya clásica: “No lo puedes llegar a negar, tú y yo somos uno mismo.” Por otro lado yo era otro más de los pubertos confesos que morían por aquella Thalía adolescente y odiaba a ese tal Diego Schoening por tener, en aquellos momentos, de novia a la niña más linda de México. Para bien o para mal me reconozco como parte de esa generación llamada “Generación Timbiriche” y confieso que aún le sigo la pista a varios de sus “ex integrantes”, especialmente a Sasha, Benny y Edith Márquez.)
De niño también fui muy cuidadoso con mis juguetes (y algo egoísta con ellos, tal vez por mi condición de hijo único) y sufría terriblemente cuando se me rompían o se descomponían. (Muchas veces yo fui el único responsable de esos desperfectos pues a veces mi curiosidad era destructora, como aquel día que de un pinchazo desbaraté al hombre elástico que recién me habían traído los Reyes, para conocer cómo era su funcionamiento).
De hecho aún conservo algunos juguetes de mi infancia (conforme fui creciendo mis papás iban regalándolos a mis primos menores y yo, aunque no me oponía, sentía una infinita tristeza y rabia separarme de ellos), como un carro a control remoto y Merlín [que es un juguete electrónico semejante al fabuloso Fred que anunciaba por esos tiempos Chabelo, cuyo programa, En familia con Chabelo, por cierto, no me perdía -me levantaba tempranísimo los domingos para verlo- pues era la fuente más fidedigna para conocer las últimas novedades del mundo de los juguetes, además que me fascinaban algunas secciones, como el concurso de una escalera elástica (donde los participantes tenían que transitar, precisamente, una escalera de hule, colocada horizontalmente, que se movía para todos lados y era dificilísimo mantener el equilibrio; equilibrio que era empeorado por Chabelo al preguntarles si para concentrarse deseaban “silencio o ruido”. Si alguno tenía la desdicha de responder que quería “silencio”, entonces el travieso conductor comenzaba a cantar, subiendo y bajando el tono, para aumentar la desconcentración y el nerviosismo, una canción que decía: “Silencio que están durmiendo, los nardos y las azucenas…”) y la famosísima Catafixia –que era un concurso que se llevaba a cabo hasta el final del programa, donde todos los ganadores del día, después de haber contestado afirmativamente la temible y esperada pregunta (“¿Le entras a la Catafixia?”), pasaban enseguida a poner en riesgo los regalos previamente obtenidos con la esperanza de llevarse algo mejor. Uno podía tener suerte y cambiar su regalo “pedacero” (barato, sencillo) por una moderna sala comedor o una cocina integral, pero también podía suceder, si la mala fortuna lo acompañaba, toparse de pronto con la amarga y triste realidad de que había intercambiado sus regalos ganados –una autopista de carreras, un carro a control remoto- por algo que difícilmente podría llamársele “premio” (un recogedor para la basura todo sucísimo, un abanico roído, un sofá desvencijado o unas botas usadas). La emoción de no saber qué destino le depararía a los participantes era lo que le daba a la Catafixia ese saborcillo a adrenalina y excitación que a mí me cautivaba-].
Entre mis ídolos de esos tiempos estaban Cepillín (“el payasito de la tele”, al que yo admiraba terriblemente), el Chapulín Colorado (yo hubiera dado todo por haber tenido en mi poder aquellas pastillas de “chiquitolina” que hacían que uno se volviera liliputiense. Desde luego, no podía saber a esa edad todo lo que llegaría a representar Chespirito no solamente para México, sino para toda América Latina en el imaginario colectivo de numerosas generaciones. Lo he venido constatando ahora, por este medio de los Blogs, platicando con amigos de toda Latinoamérica –recuerdo mi sorpresa y emoción cuando, una vez, platicando con Ingrid me di cuenta que ella conocía muy bien a todos los personajes de Chespirito y que, incluso, se sabía frases completas del Chavo del Ocho: “Es que el Chavo del Ocho es muy querido aquí en Colombia Romy”, me explicó con aquel acentito bello de niña bogotana), los Burbujos (sobre todo Pistachón Zigzag y Mimoso Ratón) y el Hombre Araña (del que, por cierto, compraba su historieta religiosamente, pues la coleccionaba y la leía en el acto). También me gustaban Plaza Sésamo (aunque la Rana René nunca me gustó, en cambio mi preferido siempre fue un perrito que tocaba el piano), Súper Óndas y Los Años Maravillosos (yo fantaseaba con ser Kevin y tener una novia como Winnie).
Además de la del Hombre Araña, otras historietas que me conmovieron y que las leía con fruición eran: Heidi (yo soñaba con ser Pedro y así poder jugar con Heidi y acariciar a Niebla), Bolillo (que era la historia de un perro pastor alemán que me encantaba), Kalimán (que fue una herencia de mi padre, pues a él también le encantaba, y sobra decir que yo quería ser Kalimán y dominar a todos con la mente -"Quien domina la mente lo domina todo", era su lema- o de perdida ser Solín), Garfield y Mafalda que, por cierto, siguen siendo historietas que admiro (creo que Quino será por siempre genial). Todas esas historietas y también todos los libros que leía (en especial una colección de novelas en color naranja que un día recibí como regalo de mis padres en un cumpleaños –ya he contado en otro post sobre todo el hechizo que ejerció en mí esa colección que aún conservo y, de cuando en cuando, todavía leo-) me dejaban la mente y el corazón lleno de aventuras y fantasías que yo trataba de reproducir cuando jugaba en mi recámara o en el patio de la casa.
Recuerdo que, además de la muchacha que me cuidaba y mi maestra de primero, tuve por aquellos tiempos infantiles mi "primer amor.” Era una niña de ojos enormes y cabello de trigo que iba en el salón de al lado. Me encantaba verla y seguir sus pasos. Todavía recuerdo el profundo enojo y decepción que tuve en un desfile de la primavera cuando todos los peques íbamos a desfilar en pareja. Yo estaba seguro que a mí me tendría que tocar la niña adorada... pero no fue así. La maestra me asignó otra niña y todavía recuerdo que no le quería dar la mano, pues sentía que si no desfilaba con mi "novia" entonces no desfilaría (al final si desfilé, pero lo hice a regañadientes y sin mucha gana).
Suele decirse –y ya es lugar común- que la niñez es la etapa más maravillosa de los seres humanos. En mi caso verdaderamente la fue. La vida entonces se lucía conmigo y me consentía a más no poder. No creo haber tenido, mientras transcurría mi niñez, ninguna tristeza o dolor muy grande. Los momentos malos se reducían a no tener el juguete anhelado, no poder seguir jugando más tiempo y tener que dormirme temprano o tal vez la muerte de una mascota. Los golpes realmente dolorosos, desconcertantes y tristes todavía estaban por venir (el primero ocurrió hasta los diecisiete con la pérdida de mi abuelita).
Pero todo eso se hallaba muy lejos todavía y yo era, mientras tanto, el niño más feliz del mundo.

