La literatura es fuego.
-Mario Vargas Llosa
Con un poco de imaginación/partiré de viaje enseguida/a vivir otras vidas/a probarme otros nombres/a colarme en el traje y la piel/de todos los hombres/que nunca seré.
-Joaquín Sabina (La del pirata cojo.)
“Tienes un corazón lleno de literatura”, me dijo una tal L. –camuflada en Ave- en un comentario del Blog y me sentí, de pronto, descubierto. ¿Cómo pudo –sin nunca habernos visto en persona- describir algo tan profundo y exacto de mí?
Sin duda mi corazón se mueve y oscila entre la literatura y la economía (que es, aunque parezca extraño, mi otra pasión).
Leer no es para mí –aunque algunos así lo vean- una actividad excéntrica y estéril, de personas que no hacen nada y que “pierden el tiempo” sumergidas en novelas y poemas que lo único que hacen es restarle las horas a tantas actividades que podrían estarse haciendo y que dejarían más provecho. Para mí, desde muy niño, leer fue siempre sinónimo de soñar y de viajar.
Mucho -¿o acaso todo?- se debe a mi mamá. Aquella profesora de primaria de cuarto grado que siempre en las reuniones familiares hacía versos o discursos, solía contarle un cuento para dormir a un pequeñísimo Román. La joven profesora, rendida por el doble turno laboral, muchas veces improvisaba el cuento y caía en contradicciones. Contradicciones que aquel pequeño diablito notaba enseguida y reclamaba de inmediato: “¡Mamá pero así no iba el cuento, tú decías que el niño tenía un perrito no un gatito!…”
Sin embargo siempre prefería que el cuento me lo contara ella. Cuando algunas veces mi papá intentaba hacerlo, yo, con la franqueza y la sinceridad de los niños, le decía que no, que su voz no me gustaba, que era más bonita la de mamá (años después, ya con más edad, mi papá siempre me reclamaría, bromeando, el hecho de que siempre lo rechazaba por su voz “fea” para contarme un cuento).
Y es que mi mamá tenía –tiene, pues ahora hace lo mismo con algunas sobrinitas y sobrinitos- una manera de contar los cuentos que me atrapaba y que quedó muy grabada en mí: ella reproducía con exactitud –gesticulando, cambiando su tono de voz, empleando las manos- todas las exclamaciones, los gritos, los enojos, las risas y las tristezas de los personajes de tal manera que yo sentía que estaba ahí, que yo mismo era parte de la historia, que en realidad yo estaba viviendo el cuento. Desde ese entonces quedé predispuesto y flechado por esas historias llenas de aventuras emocionantes y mágicas que parecían existir en algún lado.
Cuando por fin aprendí a leer –precozmente, gracias a la fortuna de tener dos padres profesores-, en alguno de mis cumpleaños recibí de pronto, como regalo de mis padres, una colección de libros en color naranja. Eran más de veinte volúmenes bellamente empastados que tenían títulos como Guillermo Tell, La Cabaña del Tío Tom, Robinsón Crusoe, Miguel Strogoff, Robin Hood, El Corsario Negro, Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, El conde de Montecristo, Las Aventuras de Tom Sawyer, Moby Dick, Fábulas de La Fontaine, Ivanhoe, Ricardo Corazón de León, El Último Mohicano, La Vuelta al Mundo en Ochenta Días, Heidi, David Copperfield entre otros.
Mi conmoción fue total.
¡Ahí estaba, pues, todo ese mundo fascinante lleno de historias insospechadas y personajes insólitos!
Me bebí de un tirón todas aquellas letras y antes de terminar aquel inolvidable año yo ya había leído casi la mitad de toda esa hermosa colección (colección que, por cierto, aún conservo y releo de cuando en cuando).
A esos años debo mi comportamiento mientras leo: Me sumerjo en la lectura con pasión y en un estado de trance que se me olvida el mundo circundante y las cosas más triviales como ir a almorzar o cambiarme de ropa. (Leer para mí fue desde entonces algo que, conforme crecería, me daría cuenta otros buscaban en cosas como el alcohol o la droga: una manera de viajar, de abstraerse del mundo y sentir correr la adrenalina en la sangre. Para mí la literatura siempre fue, desde esa temprana edad, la manera de viajar en un estado de euforia e hipnósis a una vida exaltante y maravillosa, una manera en la que aquel niño que era hijo único y construía mundos imaginarios, vivía la vida verdadera).
Fue entonces que me enamoré para siempre jamás de la literatura. El amor nació ahí, desde aquel momento que mis ojos de niño acompañaron a un tal Tom Sawyer a explorar una cueva, viví aventuras de piratas en compañía de un Corsario Negro, me hice amigo de un burrito peludo y suave de algodón apodado Platero, me sumergí en las profundidades del océano en un Nautilus acompañando al capitán Nemo, conocí a un pequeño extraterrestre que se llamaba Principito y que dibujaba boas devorando elefantes, acompañé al capitán Ahab por todos los mares del mundo persiguiendo un cachalote blanco llamado Moby Dick, me volví cómplice de Jean Valjean en sus andanzas por París –enamorado de Cosette y odiando a Javert y a Marius pero compartiendo con él su entusiasmo por la revolución-, me entusiasmé con las aventuras llenas de nieve de un noble perro llamado Colmillo Blanco, conocí el mundo tierno de unas Mujercitas, viví aventuras de espadachines junto con tres Mosqueteros –que al final fueron cuatro- y me conmoví -hasta las lágrimas- con las historias de un Corazón Diario de un Niño.
Años después me cautivarían –al grado de tratar buscar todos sus libros- gente como Dostoievski, Tolstoi, Chéjov, Turgueniev, Balzac, Maupassant, Flaubert, Camus, Sartre, Malraux, Nabokov, Mann, Gunter Grass, Kundera, Hemingway, Duras, Bataille, Sade, Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez, Benedetti, Neruda, Sabines, Paz, Borges, Fuentes, Bonifaz Nuño, Girondo, Virginia Woolf entre otros. Escritores todos ellos que me deslumbrarían y marcarían con fuego.
Personalmente creo –y coincido con mi admirado Vargas Llosa que ha escrito mucho al respecto- que leer no es una actividad completamente inofensiva ni tampoco un pasatiempo enteramente banal. Siento que leer novelas y poemas desarrollan una sensibilidad que permiten que las experiencias cotidianas –buenas o malas- adquieran más intensidad. Las experiencias –los besos, las caricias y el amor en general- se enriquecen y adquieren más sentido e intensidad cuando uno ha leído ya sea poesía o literatura. Una pareja que ha leído a Neruda, a Benedetti, Sabines, Paz, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa –o escuchado a Serrat, Sabina, Silvio, Serrano, Aute, Milanés, Delgadillo o Filio, pues también los trovadores son literatura- está mejor preparada para disfrutar (o sufrir) con más intensidad cada momento cotidiano.
Una pareja que no lee o lee muy poco tiene menos disposición a transformar cada pequeña cosa en algo enorme (para esta pareja besar es sólo besar y el acto sexual es sólo eso –una copulación no tan diferente a la que realizan los animales-, pues no hay erotismo ni la belleza que la literatura y la poesía le da a cada momento cotidiano). Una pareja que ha leído buena poesía y buena literatura sabe que Sabina tiene razón cuando dice: “Tu piel es una patria para mis manos/ tu vientre un desayuno con vino y pan/ por tu cintura sale el sol más temprano/ y se muere el verano cuando te vas.” O sino cuando dice: “Ahora que tocan los ojos/ que miran las bocas/ que gritan los dedos.” Pues solamente una persona que ha leído sabe que los sentidos son más ricos que los que aprendimos en la escuela. Gracias a la literatura y la poesía sabemos que los ojos no sólo ven sino que pueden tocar y besar; y que las bocas además de saborear y gustar pueden mirar y matar; y que los dedos además de tocar pueden gritar, soñar y llorar.
Leer, pues, no solamente sirve para vivir todas esas vidas que no viviremos, sino también sirve para hablar, para amar y hasta para discutir (pelearse con una persona que ha leído buena literatura y poesía puede ser, sin duda, una experiencia enriquecedora.)
La literatura –la buena literatura- también nos vuelve menos intolerantes pues nos permite bucear en toda esa complejidad que es la condición humana y nos mantiene alerta de ese peligro que significa clasificar a las personas y las cosas en dos bandos (lo “blanco” y lo “negro”, lo “bueno” y lo “malo”), mostrándonos todas las tonalidades que pueden existir en el corazón de las personas.
-Mario Vargas Llosa
Con un poco de imaginación/partiré de viaje enseguida/a vivir otras vidas/a probarme otros nombres/a colarme en el traje y la piel/de todos los hombres/que nunca seré.
-Joaquín Sabina (La del pirata cojo.)
“Tienes un corazón lleno de literatura”, me dijo una tal L. –camuflada en Ave- en un comentario del Blog y me sentí, de pronto, descubierto. ¿Cómo pudo –sin nunca habernos visto en persona- describir algo tan profundo y exacto de mí?
Sin duda mi corazón se mueve y oscila entre la literatura y la economía (que es, aunque parezca extraño, mi otra pasión).
Leer no es para mí –aunque algunos así lo vean- una actividad excéntrica y estéril, de personas que no hacen nada y que “pierden el tiempo” sumergidas en novelas y poemas que lo único que hacen es restarle las horas a tantas actividades que podrían estarse haciendo y que dejarían más provecho. Para mí, desde muy niño, leer fue siempre sinónimo de soñar y de viajar.
Mucho -¿o acaso todo?- se debe a mi mamá. Aquella profesora de primaria de cuarto grado que siempre en las reuniones familiares hacía versos o discursos, solía contarle un cuento para dormir a un pequeñísimo Román. La joven profesora, rendida por el doble turno laboral, muchas veces improvisaba el cuento y caía en contradicciones. Contradicciones que aquel pequeño diablito notaba enseguida y reclamaba de inmediato: “¡Mamá pero así no iba el cuento, tú decías que el niño tenía un perrito no un gatito!…”
Sin embargo siempre prefería que el cuento me lo contara ella. Cuando algunas veces mi papá intentaba hacerlo, yo, con la franqueza y la sinceridad de los niños, le decía que no, que su voz no me gustaba, que era más bonita la de mamá (años después, ya con más edad, mi papá siempre me reclamaría, bromeando, el hecho de que siempre lo rechazaba por su voz “fea” para contarme un cuento).
Y es que mi mamá tenía –tiene, pues ahora hace lo mismo con algunas sobrinitas y sobrinitos- una manera de contar los cuentos que me atrapaba y que quedó muy grabada en mí: ella reproducía con exactitud –gesticulando, cambiando su tono de voz, empleando las manos- todas las exclamaciones, los gritos, los enojos, las risas y las tristezas de los personajes de tal manera que yo sentía que estaba ahí, que yo mismo era parte de la historia, que en realidad yo estaba viviendo el cuento. Desde ese entonces quedé predispuesto y flechado por esas historias llenas de aventuras emocionantes y mágicas que parecían existir en algún lado.
Cuando por fin aprendí a leer –precozmente, gracias a la fortuna de tener dos padres profesores-, en alguno de mis cumpleaños recibí de pronto, como regalo de mis padres, una colección de libros en color naranja. Eran más de veinte volúmenes bellamente empastados que tenían títulos como Guillermo Tell, La Cabaña del Tío Tom, Robinsón Crusoe, Miguel Strogoff, Robin Hood, El Corsario Negro, Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, El conde de Montecristo, Las Aventuras de Tom Sawyer, Moby Dick, Fábulas de La Fontaine, Ivanhoe, Ricardo Corazón de León, El Último Mohicano, La Vuelta al Mundo en Ochenta Días, Heidi, David Copperfield entre otros.
Mi conmoción fue total.
¡Ahí estaba, pues, todo ese mundo fascinante lleno de historias insospechadas y personajes insólitos!
Me bebí de un tirón todas aquellas letras y antes de terminar aquel inolvidable año yo ya había leído casi la mitad de toda esa hermosa colección (colección que, por cierto, aún conservo y releo de cuando en cuando).
A esos años debo mi comportamiento mientras leo: Me sumerjo en la lectura con pasión y en un estado de trance que se me olvida el mundo circundante y las cosas más triviales como ir a almorzar o cambiarme de ropa. (Leer para mí fue desde entonces algo que, conforme crecería, me daría cuenta otros buscaban en cosas como el alcohol o la droga: una manera de viajar, de abstraerse del mundo y sentir correr la adrenalina en la sangre. Para mí la literatura siempre fue, desde esa temprana edad, la manera de viajar en un estado de euforia e hipnósis a una vida exaltante y maravillosa, una manera en la que aquel niño que era hijo único y construía mundos imaginarios, vivía la vida verdadera).
Fue entonces que me enamoré para siempre jamás de la literatura. El amor nació ahí, desde aquel momento que mis ojos de niño acompañaron a un tal Tom Sawyer a explorar una cueva, viví aventuras de piratas en compañía de un Corsario Negro, me hice amigo de un burrito peludo y suave de algodón apodado Platero, me sumergí en las profundidades del océano en un Nautilus acompañando al capitán Nemo, conocí a un pequeño extraterrestre que se llamaba Principito y que dibujaba boas devorando elefantes, acompañé al capitán Ahab por todos los mares del mundo persiguiendo un cachalote blanco llamado Moby Dick, me volví cómplice de Jean Valjean en sus andanzas por París –enamorado de Cosette y odiando a Javert y a Marius pero compartiendo con él su entusiasmo por la revolución-, me entusiasmé con las aventuras llenas de nieve de un noble perro llamado Colmillo Blanco, conocí el mundo tierno de unas Mujercitas, viví aventuras de espadachines junto con tres Mosqueteros –que al final fueron cuatro- y me conmoví -hasta las lágrimas- con las historias de un Corazón Diario de un Niño.
Años después me cautivarían –al grado de tratar buscar todos sus libros- gente como Dostoievski, Tolstoi, Chéjov, Turgueniev, Balzac, Maupassant, Flaubert, Camus, Sartre, Malraux, Nabokov, Mann, Gunter Grass, Kundera, Hemingway, Duras, Bataille, Sade, Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez, Benedetti, Neruda, Sabines, Paz, Borges, Fuentes, Bonifaz Nuño, Girondo, Virginia Woolf entre otros. Escritores todos ellos que me deslumbrarían y marcarían con fuego.
Personalmente creo –y coincido con mi admirado Vargas Llosa que ha escrito mucho al respecto- que leer no es una actividad completamente inofensiva ni tampoco un pasatiempo enteramente banal. Siento que leer novelas y poemas desarrollan una sensibilidad que permiten que las experiencias cotidianas –buenas o malas- adquieran más intensidad. Las experiencias –los besos, las caricias y el amor en general- se enriquecen y adquieren más sentido e intensidad cuando uno ha leído ya sea poesía o literatura. Una pareja que ha leído a Neruda, a Benedetti, Sabines, Paz, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa –o escuchado a Serrat, Sabina, Silvio, Serrano, Aute, Milanés, Delgadillo o Filio, pues también los trovadores son literatura- está mejor preparada para disfrutar (o sufrir) con más intensidad cada momento cotidiano.
Una pareja que no lee o lee muy poco tiene menos disposición a transformar cada pequeña cosa en algo enorme (para esta pareja besar es sólo besar y el acto sexual es sólo eso –una copulación no tan diferente a la que realizan los animales-, pues no hay erotismo ni la belleza que la literatura y la poesía le da a cada momento cotidiano). Una pareja que ha leído buena poesía y buena literatura sabe que Sabina tiene razón cuando dice: “Tu piel es una patria para mis manos/ tu vientre un desayuno con vino y pan/ por tu cintura sale el sol más temprano/ y se muere el verano cuando te vas.” O sino cuando dice: “Ahora que tocan los ojos/ que miran las bocas/ que gritan los dedos.” Pues solamente una persona que ha leído sabe que los sentidos son más ricos que los que aprendimos en la escuela. Gracias a la literatura y la poesía sabemos que los ojos no sólo ven sino que pueden tocar y besar; y que las bocas además de saborear y gustar pueden mirar y matar; y que los dedos además de tocar pueden gritar, soñar y llorar.
Leer, pues, no solamente sirve para vivir todas esas vidas que no viviremos, sino también sirve para hablar, para amar y hasta para discutir (pelearse con una persona que ha leído buena literatura y poesía puede ser, sin duda, una experiencia enriquecedora.)
La literatura –la buena literatura- también nos vuelve menos intolerantes pues nos permite bucear en toda esa complejidad que es la condición humana y nos mantiene alerta de ese peligro que significa clasificar a las personas y las cosas en dos bandos (lo “blanco” y lo “negro”, lo “bueno” y lo “malo”), mostrándonos todas las tonalidades que pueden existir en el corazón de las personas.
¡Larga vida a la literatura pues! Placer y vicio que aquel pequeño Romy descubrió cuando dobló por vez primera la página de una novela.

